Derecho Penal

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¿Qué ha de hacer el Derecho penal ante la profanación?

En los últimos meses han aparecido en los medios de comunicación varias noticias refiriendo la sustracción de hostias consagradas de lugares de culto. En un caso concreto reciente, sin embargo, de lo que se trataba era de la utilización de la forma consagrada en la composición de unas fotografías por parte de un artista, Abel Azcona, en el marco de una exposición. En las fotografías aparecía la palabra “pederastia” compuestas con las formas consagradas, pues el mismo Azcona había hecho público que las formas procedían de 242 Misas en las que él mismo las guardaba y no la consumía cuando la persona que distribuía la comunión la depositaba en sus manos.

Intento, en estas breves líneas, reflexionar sobre la cuestión en una perspectiva penal, pues una asociación de abogados se ha querellado contra Azcona por entender que había cometido un delito de profanación[1] y otro delito contra los sentimientos religiosos[2]. En realidad, uno y otro delito están vinculados a la protección de lo que la ley denomina “sentimientos religiosos” y, por tanto, ésta es la cuestión que ahora, a mi juicio, interesa. En particular, el conocido “caso del crucifijo” en el que el cantante Javier Krahe fue absuelto[3] ha señalado una dirección errónea en la interpretación del tipo y, en otra perspectiva, en la misma concepción del derecho penal, como ahora explicaré.

Con ocasión de la primera sentencia condenatoria, del juez de lo penal, en el caso de Javier Krahe, el Profesor Juan Antonio García Amado incluyó en su blog algunas reflexiones interesantísimas -como no puede ser, en su caso, de otra manera- y de una honestidad intelectual extraordinaria. Tras poner de manifiesto su total desacuerdo con la legitimación material del tipo penal, indicaba sin embargo lo siguiente: “Bastará que el autor insista en que estaba dando rienda suelta a su creatividad y a su visión del mundo, con ánimo crítico o satírico, para que automáticamente desaparezca el delito; sólo cabe imaginar condena cuando el autor reconociera que era su ánimo el de ofender a los creyentes y que con ese fin principal realizó su obra o su acción, la que sea”4. Y, de ese modo, reprochaba con claridad una interpretación judicial que no beneficiaba en nada la seguridad jurídica. Reprochaba, en realidad, la posición de jueces que quieren convertirse en legisladores sin serlo.justicia

No era éste el único argumento de García Amado, pero me centraré ahora en él, porque es el que viene al caso. Desde luego, la exigencia de un ánimo específico de ofensa a las personas que se consideran vinculadas por una determinada creencia resulta, cuando menos, extravagante. No somos pocos los que hemos intentado explicar que el juez tiene límites en el conocimiento de lo que sucede en la cabeza de las personas a las que juzgan, y que sólo existe una cierta seguridad jurídica cuando se impide que lo que denominamos elementos subjetivos se conviertan en una cláusula abierta para resolver sobre el mundo interno y se asientan criterios valorativos derivados de lo externo y sobre los que puede existir un cierto consenso social. Pero es que, además, el juez no puede llegar a las intenciones del sujeto si antes no ha alcanzado la convicción de que el sujeto sabe lo que hace: cuando un juez quiere decir que B quiere matar a G, a quien apuntaba a la cabeza con un revolver, lo hace porque considera que B -como cualquiera- sabe que disparando a la cabeza de una persona muy probablemente se le causara la muerte y piensa que nadie dispararía apuntando a la cabeza de otro sin querer su muerte. Por ese motivo, el intento de añadir especiales elementos de intencionalidad a los tipos penales puede llevar, en ocasiones, a desvirtuar su función, como mostraba el Profesor García Amado.

No obstante, este caso de la profanación modifica en algo los presupuestos. Si se traslada la argumentación anterior sobre lo que se conoce y lo que se quiere, la respuesta es sencilla: quien recoge y guarda las hostias consagradas y las utiliza en una fotografía en la que -en el mejor de los casos- intenta denunciar la actuación de algunos miembros de la Iglesia Católica, sabe que este hecho afecta sustancialmente al sentimiento religioso de las personas que pertenecen a esa confesión religiosa, aunque quiera legitimar su actuación con la denuncia. Y nadie que compone la palabra “pederastia” con hostias consagradas lo hace si no es con la intención de causar daño a los “sentimientos religiosos” de los católicos; precisamente éste es la razón por la que Azcona guardaba e incluso exhibía fotografías que acreditaban que las hostias eran consagradas y su procedencia. La profanación constituye un elemento que muestra la ofensa a los sentimientos religiosos; incluso la alegación de que no fuese “finalidad principal” queda desvirtuada, pues en el diseño concreto del hecho –lo que los penalistas llamamos en ocasiones el plan del autor- no hay obra de arte sin profanación.

Hasta aquí las reflexiones sobre la noticia, aunque muchas otras cuestiones quedan abiertas. Entre otras, la legitimación del tipo penal, sobre la cual discrepo del Profesor García Amado, y sobre la que espero poder escribir en otro momento, consciente de que esta discrepancia se debe, en parte, a lo que su opinión nos obliga a otros a pensar.

 

Carlos Pérez del Valle
Catedrático de Derecho penal
Departamento de Derecho
Universitat Abat Oliba CEU

 

[1] Artículo 524: El que en templo, lugar destinado al culto o en ceremonias religiosas ejecutare actos de profanación en ofensa de los sentimientos religiosos legalmente tutelados será castigado con la pena de prisión de seis meses a un año o multa de 12 a 24 meses.

[2] Artículo 525: 1. Incurrirán en la pena de multa de ocho a doce meses los que, para ofender los sentimientos de los miembros de una confesión religiosa, hagan públicamente, de palabra, por escrito o mediante cualquier tipo de documento, escarnio de sus dogmas, creencias, ritos o ceremonias, o vejen, también públicamente, a quienes los profesan o practican; 2. En las mismas penas incurrirán los que hagan públicamente escarnio, de palabra o por escrito, de quienes no profesan religión o creencia alguna.

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